
La falda dejaba entrever sus muslos en esas mallas negras. No tenía más de 90 centímetros, y era roja, color que denotaba pasión, así como las palabras que también salían de esa boca rouge. Las membranas marrones en el centro de sus pechos se lucían, tras esa chaqueta negra decorada con estampitas de los santos, más populares de Lima. Estaban pegadas con cinta de embalaje, en los brazos, en los codos, en los bolsillos de la casaca. San Martincito. Sarita Colonia. El niño Jesús. Y Fuera de toda aquella indumentaria tan aguerrida, tan salvaje, tan… ¡A poguear carajo! Esta mujer que parecía sacada de una tocada punk, a la que la esperaban en una moto a todo pulmón… Tenia un pequeño símbolo tallado en su cuello… una marca que la hacia tan dulce y enigmática… tan sutil y tan pecado. Su tatuaje. Dos letras en cursiva unidas, creo que eran una F y M, o será que me gustan esas letras… aunque no sean las marcadas en ese cuello de mujer.
“Estos son sus quince minutos de fama” La mujer con voz sensulona mueve sus pintarrajeados labios rojos “Hay que vivirlos con pasión” Entonces te recuerdo. Aquel mismo día, horas antes de estar ahí, entre esa hemorragia de personas compungidas codo a codo, tembleques tratando de mantenerse en una buena posición, en el Centro Cultural de España. Tú me hablaste de pasión. Vivir con pasión. Así sea derrotado o campeón, hacerlo con pasión, con fuerza, como adolescentes salvajes que somos… Escribiendo, sintiendo, tumbándonos uno al lado del otro con ferocidad con las manos revoloteando como mariposas caprichosas por todo el cuerpo…